Un extracto de Crónicas eturias: luces y sombras

A Elmsa se le daban mal muchas cosas, unas pocas regular y ninguna bien. Entre las regulares estaba montar a caballo: se entendía bien con Tánalan.
Juntas iban esquivando las ramas de los abetos, sintiendo el roce de la brisa en sus pieles sin detener la rabiosa huida. Y podrían seguir cabalgando al sur día y noche; alejarse de Ur La Antigua para ir a algún lugar donde no hubiese ojos que las maldijeran ni manos que las maltratasen. Podrían contemplar el Muro y más allá, admirarse con las maravillas de esas tierras extrañas de las que tanto hablaba el señor Menestas.
Sí, podrían. Pero Elmsa era demasiado cobarde para hacerlo.
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